ARTÍCULOS, CARTAS PUBLICADAS y Discursos.

- Entrevista Revista Cosas ( octubre 2009)

-Entrevista Revista Caras (Deciembre 2008)

- Carta Abierta - Revista Que Pasa - Diciembre 2004

- Palabras emitidas durante el funeral del ex presidente, General Augusto Pinochet Ugarte - Diciembre 2006.

- Discurso emitido durante la ceremonia de conmemoraciÓn del fallecimiento del ex presidente, general  Augusto Pinochet Ugarte, Estadio Manquehue, diciembre 2007.

 

 

 

Carta Abierta
Revista Que Pasa
Diciembre 2004

Señor Juan Guzmán Tapia

El hecho acontecido el pasado día lunes 13 de diciembre de 2004, en donde como resultado de su decisión de someter a proceso al General Augusto Pinochet, mi abuelo, no ha sido indiferente para la gran mayoría de los chilenos que han sido testigo de una situación que pareciera extenderse indefinidamente en el tiempo. Aquella decisión, como un sin número de otros sucesos, me han hecho reflexionar, ajeno a mi condición afectiva, acerca de aquella idea estampada reiteradamente a lo largo de la historia del mundo, y la cual queda claramente reflejada en aquella frase que dice: “Nunca vencido tiene justicia si lo ha de juzgar su vencedor”.
El ingrato significado de aquellas palabras, las cuales indudablemente, en su condición de juez le debieran parecer erradas, al menos en público, reflejan el sometimiento y el uso de la Justicia por parte del más poderoso, pasando sólo a ser la conveniencia del más fuerte, y transformándose en un proceso que sólo simula aquello que debe realizar.
Creo que esta percepción de la Justicia no es minoritaria en nuestra sociedad, ya que pareciera ser un sentimiento que se incrementa entre aquellos que son más desposeídos, cuando cada vez que se ven frente a situaciones por dirimir, sus intereses son claramente atropellados ante aquellos que cuentan con mayores influencias, recursos, o simplemente, poseen una cuota de poder manifestada por una aparente “amistad” con algún inescrupuloso funcionario público.
De esta forma, el Poder Judicial se transforma en una herramienta manipulada por intereses ajenos a sus ideales, persiguiendo fines lejanos a la Justicia, como los son los intereses políticos o económicos.

En sus manos, como en la de todo juez,  se encuentra la posibilidad real de no sucumbir, y dejar doblegar la Justicia frente a estos intereses. Sin embargo, los hechos recientes parecieran evidenciar cómo arbitrarias influencias se han antepuesto ante sus propias medidas para  realizar aquello que considera justo; para impartir justicia. No es desconocido por nadie que quienes hoy cuentan con el poder, ayer luchaban en contra de quien hasta el día de hoy es considerado su más acérrimo enemigo (Pinochet) y no han dudado en realizar todo lo necesario para verlo total y absolutamente denigrado y villanizado, bajo una persecución que pareciera extenderse más allá de su vida misma.
Los esfuerzos para cumplir con su propósito ha llevado al uso de todos los poderes con los cuales hoy cuentan. Siendo, como es habitual, el poder mediático eficazmente manipulado para influenciar en las percepciones, ideas y sentimientos de una sociedad lejana a los hechos divisorios violentos, los cuales hoy aparecen atribuibles específicamente a un solo bando.
Creo siempre bueno recordar que la violencia no posee colores políticos, y su justificación o uso es repudiable  bajo todo ámbito.

Haber sucumbido ante estas influencias es reforzar la idea antes mencionada, y caer una vez más en el error por el cual el Poder Judicial ha sido tan severamente criticado. En el pasado, la Justicia al parecer se acomodo al poder imperante, al Gobierno Militar, y transcurridos los años, no ha sido capaz de reconocer su débil accionar. Hoy, bajo un nuevo contexto, este fenómeno se presenta una vez más desde el lado apuesto de la moneda.

Espero, ilusoriamente, que en algún futuro cercano nuestro país pueda realmente contar con un Poder Judicial independiente ajeno a manipulaciones, y cuyos personeros no sucumban  ante quien, o quienes gocen de poder.

Rodrigo Andrés García Pinochet

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Palabras emitidas durante el funeral del ex presidente, general  Augusto Pinochet Ugarte
Diciembre 2006.

Querido Abuelo:
Porque así te gustaba que te llamáramos los nietos mayores.
Jamás pensé que llegaría este triste día, tener que decir un último adiós. Quizás, fueron estos 20 años que Dios nos permitió estar juntos los que me ligaron tan estrechamente a ti. 20 años que primero agradezco a Dios y a tan valientes y leales hombres que nos protegieron ante el abjecto destino que te deparaban unos pocos.

Durante estos 20 años Dios te permitió ver crecer a tu familia, ver crecer a tus nietos, y ver crecer a tus bisnietos.  Al igual como pudiste ver crecer a tu querido Chile.

Crecí junto a ti, acompañándote en mil y una oportunidad, viendo y viviendo tu obra. Admirándola y respetándola.
Es por eso que en este triste día abuelo, no estamos solos, miles de personas están junto a nosotros para despedirte, para manifestarte cariño y afecto. Nosotros, chilenos todos, somos tu legado, vivimos en un nuevo Chile. El Chile que deseabas para nosotros.

Por eso, como tú lo dirías.
¡Viva Chile!
Descansa en paz querido Abuelo.
Rodrigo Andrés García Pinochet

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Discurso emitido durante la ceremonia de conmemoraciÓn del fallecimiento del ex presidente, general  Augusto Pinochet Ugarte, Estadio Manquehue, diciembre 2007.

Señoras y señores:

A nombre de mi familia, especialmente de mi querida abuela, Lucia Hiriart de Pinochet,  quisiera agradecer la presencia de todos y cada uno de ustedes. Con gran hincapié a los distinguidos hombres que desinteresadamente se encuentran detrás de la Fundación que lleva el nombre de mi abuelo, y quienes hacen hoy posible honrar su memoria con este solemne acto tras un año de su partida.

La cercanía con mi abuelo se vio reforzada al compartir junto a él  momentos cruciales en su vida, momentos que marcaron por siempre mi persona, y que representaron hechos históricos para nuestro país.

Hace ya más de 20 años, siendo aun un niño, por alguna razón desconocida por mí, logré salir con vida del intento de asesinato a su persona.

Fue tal vez que por aquella misma razón, por la cual compartí junto a él, y toda la familia, el dolor generado tras su injusta detención en Londres como también el inolvidable regreso en el avión que lo trajo a Chile.

Ignoro el por qué, pero hace justamente un año atrás, la mañana del domingo 10 de diciembre de 2006, lo acompañe, sin saberlo, en lo que serían sus últimos momentos junto a uno de sus familiares.

Lo vi en el hospital, sentado en una de las esquinas de la pequeña habitación yacía sobre un sillón de cuero, que al igual que él,  ya mostraba las cicatrices del tiempo. A su lado, apilados se encontraban una ruma de periódicos que en sus portadas debatían su funeral.

A pesar de ello, su rostro se apreciaba plácido, incluso de sus ojos relucía un particular brillo que engañaba lo cercano que la muerte había estado de él, y menos aun auguraba lo repentino que ella finalmente llegaría.
Sus mejillas también habían retomado su característico color rojizo, mientras su entusiasmo por dejar pronto aquel lugar ya le hacia planificar no solo los días venideros, sino también los meses. La muerte no le abatiría, parecía no estar dispuesto a la resignación de esperar por ella, sino ser alcanzado por ella.

No quería partir aun, pero su apego a la vida no radicaba en el aprecio a las frivolidades terrenales, tampoco al  temor del juicio divino, ya estaba preparado para aquel. Su temor era otro, uno que le era imposible controlar. Era ese temor el que a su vez le daba las fuerzas para sobreponerse a la merma de los años y a las batallas que en el final de sus días debió de enfrentar.

Era ese apego a la vida la llama que alimentaba sus fuerzas para pensar y planificar el mañana. Tal vez por aquella razón fue que me manifestó en ese momento su deseo de viajar al “Norte”, nombre que siempre fue para él sinónimo de una de sus más queridas ciudades: Iquique. Por unos segundos su mirada pareció perderse en un mar de recuerdos, divagación de centenares de  miles de imágenes, olores, y sonidos que como fugaces luces iluminaban las sombras que los años habían forjado en su memoria.
Sin saberlo, compartía con él sus últimos minutos de vida, sus últimos respiros, sus últimas palabras. Hacia veinte años que ambos habíamos estado cercanos a la muerte, pero aquella vez la inducían solo hombres, hombres embriagados de odio y rencor.

-Dios quiso que salváramos ilesos, me había dicho una vez, y sentenciaba: No era ni mi momento ni el tuyo.

Esa misma tarde sus palabras no dejaron de resonar una y otra vez en mi cabeza, cuando finalmente, tras un poco más de noventa y un años, su momento llegó abrazándolo con repentina tranquilidad.

La partida de Augusto Pinochet Ugarte no solo marcó a sus más cercanos, su familia, sino también a gran parte de un país. Indiferencia fue lo menos que generó su fallecimiento, incluso toda una generación de jóvenes chilenos nacidos y criados bajo los actuales gobiernos, no son ajenos a él, muchos de ellos han sido metódicamente inculcados con una abyecta imagen, artificial por cierto. Otros, han heredado de sus padres admiración y respeto por su obra y su figura. 

Lo cierto es que su persona ha afectado por uno u otro motivo, como una fuerza latente, el compás político de nuestro país.

En aquel momento, cuando mis temores se hicieron realidad, y mi abuelo finalmente partió, algo en nuestro país cambió. El compás perdió repentinamente su costumbre hipnótica y el desorden poco a poco  comenzó a reinar en búsqueda de una nueva melodía, un nuevo orden. Es inevitable que en este proceso haya quienes pretendan mantener el orden previo, la melodía que reinaba, pero al no existir la personificación de ésta, su búsqueda puede ser cruel, burda, e injusta.  Fue precisamente esto en donde se arraigaba su temor.

Fueron sus palabras las que hicieron presente tal vez el único y último de sus temores, uno que el bálsamo de los años no lograba amainar, por el contrario, le acentuaba un pequeño pero punzante dolor que florecía durante los instantes más gratos y felices; cuando estaba con los suyos, su gente, su familia, sus amigos -los verdaderos- esos que la vida finalmente le había revelado. Tal vez unos años atrás ingenuamente pensó que las pasiones decantarían, el odio dejaría de respirar dentro de algunos corazones,  y así, el país avanzaría alejándose  lentamente de su pasado y de quienes lo forjaron.
Errado estaba. Había subestimado el odio y su fácil manipulación política, la venganza de algunos, y el provecho electoral de otros. Todo eso conformaba una melodía a la que parecían estar ya todos inconscientemente adaptados.

En el ocaso de su vida poco le importaba que fuera objeto de calumnias, infamias e injusticias. Sabia que su mente no era la misma,  parecía estar aletargada por el peso de los años, por el acumulamiento de los recuerdos y las memorias, aquel camino recorrido. Le indignaba la cobardía de quienes ahora le atacaban y embestían con todas sus fuerzas cuando la vejez turbaba todo amparo. Su temor no brotaba por su futuro, éste era único e irrechazable, la muerte, sino por el de quienes no le acompañarían. En especial, ella, su mujer.

La voz de mi abuelo se tornó cada vez más leve y sus palabras dejaron de brotar con igual fluidez. Parecía dudar pronunciar lo siguiente, y su rostro reflejaba el esfuerzo por vencer el cansancio, por encontrar las palabras adecuadas, y por dar a conocer aquello que más le perturbaba. Finalmente, como intuyendo que aquella sería su última oportunidad, reveló su temor en tener que partir antes que los suyos, y por sobre todo, partir antes que ella, antes que Lucía, mi querida abuela, tener que dejarla frente a un escenario incierto.

Su deseo obedecía al convencimiento que tras partir de este mundo los intentos por mantener la personificación de la melodía que había regido nuestro país terminaría por sacrificar, cruel, burda e injustamente a su ser más querido, su esposa.

A lo largo del presente año, mi abuela y sus  hijos, han debido enfrentar el injusto vejamen  y la deshonra por parte de quienes aun buscan con odio saciar su sed de venganza.

Y fue así, como tantas otras veces, que último temor de mi querido abuelo fue una difícil y dura realidad.

Hoy, a un año de su fallecimiento, honramos la memoria del Presidente: Augusto Pinochet Ugarte

Muchas Gracias

Rodrigo Andrés García Pinochet

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